Caminamos por la vida, enfrentándola de la mejor forma que podemos. Pero hay una verdad insoslayable… la vida es difícil. Es difícil porque está llena de problemas esperando se superados, pero, como todas las cosas, una vez que asumimos este hecho, ya no es tan importante; cuando asumimos que los problemas están, existen y siempre existirán, esa verdad nos hace libres, libres de vivir para resolver el dilema del momento.
Lo anterior no es así para todas las personas, algunas dedicarán su vida a lamentarse del problema que les toca vivir, arguyendo que nadie sufre más que ellos, que la dificultad que se les presenta es superior a cualquier otra, maldiciendo su origen, raza, sexo, condiciones sociales, etc, como si la vida debiera ser fácil, cosa que no es así. ¿Tenemos que lamentarnos o enfrentar los problemas? ¿Qué cosa nos hará más felices?
Y acá deberíamos asumir un concepto clave… disciplina. Disciplina para enfrentar los problemas y resolverlos de la mejor forma. Los problemas producen dolor, dolor de salir de nuestra zona de confort o acostumbramiento para enfrentarlos y por ende, con el riesgo de producirnos dolor físico, psicológico o emocional. Pero acá se produce un contrasentido, la vida se nos pasa resolviendo los problemas y situaciones que enfrentamos y en ese contexto, precisamente, cobra sentido.
Los problemas nos enseñan, nos dan valor y sabiduría y nos permiten crecer mental y espiritualmente. Los desafios hacen evolucionar al ser humano y pueden llevarlo más allá de sus límites y en el proceso aprendemos de la vida.
Aún así, todos tememos al sufrimiento y por ello tratamos de evitar los problemas, pensando quizás utopicamente que estos desaparecerán o se resolverán por sí solos, los olvidamos, ignoramos o pensamos que no existen; sin embargo la realidad se encarga de “mostrarnos” que no es así. Además, al eludir los problemas, perdemos la lección evolutiva que su resolución eficaz tiene para nosotros.
Al fin y al cabo, debemos enseñarnos nosotros mismos, la necesidad del sufrimiento que acarrean los problemas y el valor intrínseco que, enfrentarlos directamente, genera a nuestras vidas en un proceso de aprendizaje y desarrollo. Sólo así enfrentaremos de la mejor forma y a plena capacidad, nuestro breve paso por el escenario de la vida.
Lo importante no es el tiempo que se nos da, sino lo que hacemos con el. No hay duda, en el trascurso, la fuerza del amor interno, la autoayuda, nos empuja a superarnos.


